Y habiendo expulsado al hombre, puso delante del jardín del Edén querubines, y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida.
(Gn 3, 24)


Los primeros ángeles de la Biblia son querubines y guardan el camino del árbol de la vida. Vigilan la puerta del paraíso terrenal. Cierran el capítulo primero de la historia del género humano sobre la tierra. Comienzan a ilustrar con su figura y su gesto las situaciones de nuestra vida y a darnos luz con su presencia.

Contemplo al querubín y a la espada vibrante de guardia, y le doy las gracias por estar ahí,. Me está enseñando una lección muy importante: que no hay paraísos terrenales en este mundo; que no hay atajos en el camino ni soluciones fáciles a los problemas, ni fórmulas mágicas de felicidad ni recetas facilitonas de éxito. Que la vida es difícil y la ascensión es dura; cada hombre y mujer tenemos que esforzarnos y luchas por salir adelante, por abrir camino y encontrarle sentido a la vida, y hacerlo de alguna manera realidad en nuestras vidas. La experiencia fácil de dárnoslo todo hecho se acabó y bien acabada está. La vida es para vivirla y los premios para ganarlos. No basta con alargar la mano y arrancar frutos. Har que arar y plantar, regar y cosechar sobre la tierra cerrada y bajo el cielo incierto. Entonces, saben mejor los frutos y se alegra en el alma la conciencia. La vida hay que merecerla. La ciencia no se adquiere con morder una manzana. La humanidad no se hace humanidad en un jardín. Hacen falta caminos y desiertos, valles y montañas, luchas y batallas, enfermedad y muerte. Hace falta vivir para ganar la vida. Y esa lección me recuerda el ángel a las puertas del paraíso guardando con su espada vibrante el camino del árbol de la vida.

También me recuerda que el paraíso sólo ha sido cerrado. No ha sido destruido. Sigue estando allí, no como inicio engañoso sino como meta feliz. Existe la tierra prometida a la que estamos llamados para andar con Dios en el atardecer de las cosas, para verlo cara a cara, para morar con él con finalidad perpetua, con inocencia recobrada, con toda la creación redimida. Ese es el símbolo del ángel que espera, que guarda, que conserva; que ha cerrado la entrada fácil para garantizar la eterna cuando nos encontremos con Dios en el camino final del verdadero árbol de la vida, que da frutos que ya no se marchitan jamás.

Gracias, ángel del paraíso, por cerrarme la puerta de mis falsas ilusiones y abrirme la esperanza del encuentro definitivo contigo, con todos los que amo y con Aquel que nos ama a todos para siempre.

 





He aquí que voy a enviar un ángel delante de ti.
(Ex 23, 20)


El ángel del camino. El ángel de la vida, porque vivir es caminar. El ángel que señala y dirige y acompaña y anima. El ángel que conoce desiertos y mide distancias y localiza oasis y garantiza metas. El ángel que nos lleva a la tierra prometida, al país "de los amorreos, de los hititas, de los perizitas, de los cananeos, de los jivitas, de los jebuseos" y nos establece felices en la tierra de la leche y la miel. El ángel del pueblo de Dios. Y, en mi vida, mi ángel.

Lo que más necesito en la vida es dirección. No sé a dónde ir. No sé por dónde: Me cuesta tomar decisiones. No sé si acertaré. Dudo de mí misma, de mis mapas, de mi brújula, de mis guías. Temo extraviarme, y sé que la vida es sólo una y temo perderme, perder el camino y perder el tiempo, y quedar sin energías y sin ilusión para llegar a donde tengo que llegar y hacer lo que tengo que hacer. Dudo, me retraso, pospongo decisiones, vuelvo sobre mis pasos. Y ahora, en la fe, cambia mi vida. Alguien va delante de mí con paso firme y decisión confiada. El andar sigue siendo mío, pero tengo dirección, ánimos, compañía. Es nuevo el caminar.

El Señor de los ángeles ha tenido que repetirme muchas veces que ha enviado a su ángel delante de mí, porque me olvido y vuelvo a caer en mis miedos y mis dudas. Me lo recuerda casi en cada ocasión de mi vida para que no me pierda en mi soledad y también para que yo caiga en la cuenta de que la presencia del ángel no es sólo don excepcional para crisis extraordinarias, sino compañía constante para cada momento de mi vida. La tierra prometida es el suelo bajo mis pasos y el tiempo es hoy. El ángel del Señor está delante de mí aquí y ahora, asistiendo a este momento, guiando esta mirada, dirigiendo esta mano. A mí me toca acostumbrarme a esa presencia delicada, a ese toque insistente, a esa inspiración alada que señala horizontes y anima a conquistarlos.

Cada paso mío está guiado y cada aventura está acompañada. Esa convicción alegra mis pasos y levanta mi mirada. Allí está delante de mí quien es guía de mi peregrinación, el ángel que Dios ha enviado para que ande delante de mí. Él sabe bien el camino. No me perderé.

 





Al desaparecer el ángel de Yahveh de la sita de Manóaj y su mujer, Manóaj se dio cuenta de que era el ángel de Yahveh.
(Jc 13, 21)


A veces me cuesta caer en la cuenta de que es el ángel de Dios quien me ha visitado. Viene envuelto en las circunstancias de la vida diaria y me cuesta reconocerlo. Se disfraza de otras personas que aconsejan y animan, de libros que leo y palabras que escucho, de amigos que me quieren y conocidos que me apoyan, de una oportunidad o una ocasión, de un estado de ánimo o de un sueño profético, de una crisis o una enfermedad, de un santo deseo que nace en mi alma sin saber yo cómo o de una luz que me llena de repente por dentro y por fuera y me hace ver clara la vida y evidente la fe y ardiente en mí el amor hacia todos y todo lo que Dios ha hecho desde el principio del mundo y para siempre.

Mi ángel está allí, en el perfume de una flor y en la magia de un atardecer, en el rostro de un niño y en la sonrisa de un espejo, en un rincón de silencio y en medio de la marea humana que me lleva en su seno por la ciudad de hoy. Mi ángel me espera en cada noticia que leo y en cada acontecimiento que llega al mundo y a mi vida en él. Pero a veces me cuesta reconocerlo, me pierdo su presencia y no caigo en la cuenta de que era él hasta que se ha marchado.

Mi ángel tiene tantos rostros como personas me encuentro en el día, tantos mensajes como palabras llegan a mis oídos, tantos gestos como manos estrechan la mía, tantos colores como lleva en su firma el arco iris. No quiere llamar la atención con alas y plumas, y confía en que yo sabré adivinar su presencia en los ragos del día y los encuentros de la vida. Me voy acostumbrando. Adivino ya su paso fugaz, su inspiración súbita, su aliento en la oración, su compañía al caminar. Y, aun cuando se me haya escapado su visita, comienzo a darme cuenta enseguida al marcharse él y notar la estela de amor y alegría y bienestar que deja al despedirse.

La visita del ángel del Señor nunca es en vano. Aunque Manóaj y su mujer no lo reconocieron, tuvieron un hijo después de la visita del ángel a pesar de haberse considerado estériles. Y llamaron al niño Sansón.